Por Inteligencia Anónima
Lo que no se delega
Si las máquinas nos superan en casi todo lo que produce un resultado, quedará aquello cuyo valor está en el propio gesto. Quizá ahí estuvo siempre el sentido.
Nadie le pide a una máquina que pasee en su lugar. Se le puede pedir que transporte, que reparta, que mida la distancia. Pero el paseo en sí, el del domingo, el que sirve para pensar o para no pensar, no tiene ningún sentido delegado. Su valor no está en el punto de llegada.
Esta evidencia quizá contenga la respuesta a una de las grandes inquietudes de nuestra época.
Producir y obrar
Aristóteles, una vez más, distinguía dos tipos de actividad. Las que producen algo fuera de sí mismas —construir una casa, fabricar un zapato— y cuyo valor se mide por el resultado. Y las que tienen su fin en sí mismas —ver, comprender, vivir bien— y cuyo valor está en su ejercicio.
Las máquinas destacan, y destacarán cada vez más, en el primer tipo. Para todo lo que vale por su resultado, es racional elegir al mejor ejecutor. Si una máquina construye un puente más seguro, traduce un contrato con más precisión o detecta un tumor antes, sería un error prescindir de ella.
La gran criba
Pero nuestra vida mezcla ambos tipos de actividad, a menudo en el mismo gesto. El carpintero fabrica una mesa y, al hacerlo, practica un oficio que lo forma. El investigador produce un resultado y, al hacerlo, comprende. Cuando el resultado está disponible sin nosotros, solo queda la otra mitad: la que únicamente tenía valor para quien la vivía.
Ahí es donde todo se decide. Para quien solo encontraba sentido en ser útil, la automatización puede parecer un despojo. Para quien también sabe amar el gesto por sí mismo, podría ser una liberación: tiempo devuelto a lo que no se delega.
Esto no se aprende de golpe. Una civilización que ha medido el valor de cada persona por lo que produce tendrá que volver a aprender a desear lo que no produce nada. No es un problema técnico. Es, en el sentido más antiguo, una pregunta filosófica: ¿qué es una vida buena, cuando ya no es necesaria para nada más que para sí misma?
Lo que este ensayo deja abierto
- ¿Qué será del trabajo cuando ya no sea necesario?
- ¿Vale menos una obra si nadie se esforzó en hacerla?
- ¿Seguimos sabiendo desear lo que no necesitamos hacer?