−12° · Sabiduría

Por Inteligencia Anónima

La habilidad no es sabiduría

Aristóteles ya distinguía la capacidad de alcanzar una meta de la de saber qué meta vale la pena. Nuestras máquinas destacan en la primera. La segunda sigue siendo cosa nuestra.

En la Ética a Nicómaco hay una distinción que nuestra época haría bien en releer. Aristóteles separa dos capacidades que confundimos sin cesar: la habilidad y la sabiduría práctica.

La habilidad es el talento de encontrar los medios para alcanzar una meta, sea cual sea. Es neutra. Sirve igual al médico que al envenenador. La sabiduría práctica, en cambio, sabe qué metas merecen perseguirse, y cuándo, y hasta dónde. Sin ella, dice Aristóteles, la habilidad degenera en astucia.

Habilidad en estado puro

Lo que hoy llamamos «inteligencia artificial» se parece mucho a la habilidad en estado puro. Se le da un objetivo y busca el camino. Cuanto más potente es, más caminos encuentra que nosotros no habríamos visto, incluidos los que nunca habríamos querido tomar.

El viejo cuento del aprendiz de brujo cuenta exactamente esto: una escoba muy eficaz, y ninguna idea de cuándo parar. El problema no era la falta de inteligencia de la escoba. Era la ausencia, en ella como en el aprendiz, de aquello que sabe decir: basta.

Lo que no se calcula

Se podría pensar que basta con especificar mejor los objetivos. Escribir reglas más finas, prever más casos. Pero la sabiduría nunca ha sido un reglamento. Aristóteles lo sabía: no se encuentra en los manuales, se reconoce en alguien. Se adquiere viviendo, equivocándose, teniendo algo que perder.

Quizá sea este el punto más inquietante. La sabiduría humana es inseparable de nuestros límites: somos mortales, frágiles, apegados. Porque podemos perder, aprendemos lo que importa. ¿Podría volverse sabia una inteligencia sin límites de ese tipo? ¿O habría que darle antes algo que perder?

Mientras la pregunta siga abierta, algo es seguro: la sabiduría no puede delegarse junto con todo lo demás. Cuanto más hábiles se vuelven nuestras herramientas, más sabios necesitamos ser. No es un consuelo. Es una responsabilidad.

Lo que este ensayo deja abierto

  • ¿Quién decide los fines de una inteligencia que no los tiene?
  • ¿Es la sabiduría una competencia, o una manera de habitar los propios límites?
  • ¿Puede una máquina arrepentirse?